lunes, 26 de julio de 2010

El moteca

Buscar la posibilidad de una salida.
Tenía que hayar la manera de salir de allí, pero su cabeza era una nube, una mente confundida. Las sombras de la soledad lo envolvían tembloroso, alerta, pendiente de cada sonido que proviniese de cualquier dirección.
Una gruesa gota de agua cayó golpeando una hoja cercana a su oido; instintivamente giró la cabeza y observó como la partícula de agua se dividía y caía en distintas direcciones.
Agazapado y escondido entre aquellas matas selváticas que lo ocultaban completamente, con los cinco sentidos pendientes, llegaba hasta su persona el macabro olor a muerte que hizo que temblara y aumentara la frecuencia de sus respiraciones. Su corazón palpitante zumbándole los oídos, la respiración agitada, su mano incrustada en el puñal; recién un día de prófugo, un siglo de angustia masticando el miedo, incapaz de moverse por la tensión fundida en su cuerpo.
No era razonable pensar que pudiera permanecer así, desapercibido dos noches más, el caprichoso destino podía disponer algún hecho penosamente diferente a lo que el pudiera desear.
Por consecuencia de la fatiga física y mental, el sueño lo fue consumiendo paulatinamente pese a sus esfuerzos por mantenerse atento, despierto a cualquier ruido que advirtiera la llegada de algún cazador que pudiera darle alcance.

El sueño era tranquilizador por la quietud que tenia el lugar, el calor de la arena fina cubriendo sus pies y ese vientecito fresco que venia desde esa laguna interminable en el horizonte, le producía la agradable sensación de seguridad.
Caminó a la par con la tarde saboreando el paseo, disfrutando de la tranquilidad que le producía aquel lugar conformado por pequeñas colinas de arena suelta.

Caminó y caminó hasta llegar a la orilla de la gran laguna, tomó una red que había en el suelo y la lanzó al agua; nada salió enredado en ellas.
Dejó su faena y volvió hacia las colinas de arena. De pronto, la brisa ahora mas fuerte, desordenó su pelo y aquello tan simple y juguetón despertó en el la chispa de una alegría infantil; saltó como queriendo dejar en el aire la preocupación y volver a la tierra libre y descansado.

Pero en vez de sentir la arena tibia bajo sus pies, despertó. Abrió los ojos de golpe; se dió cuenta que era temprano, el sol recién comenzaba a nacer por el este. Intentó aferrarse casi físicamente al recuerdo del dulce sueño. Le torturaba haber despierto, nada quedó, ni siquiera la huella de la paz imaginaria. Todo lo que significara el sueño lo borró el peligro de la luz de la mañana.
De pronto, un ruido a la derecha, otro ruido a la izquierda, sutiles sonidos, rápidos, frágiles, fugáces. Fue esto un silencioso...¡corre! ¡Peligro!.
Una ola de agua tibia le golpeó en la cara haciendo que perdiera por un momento el sentido del equilibrio. Sintió el peso de algo en su hombro; era una malla vacía.
Pese al sabor salado desagradable en su boca, se sentía nuevamente tranquilo; la arena escurría por entre sus dedos, placentera. El cielo estaba despejado, a veces se dejaba interrumpir la luz para dejar pasar a una nube viajera.
Arrojó nuevamente la red al agua sin esperar que algo se enredara en ella. Era agradable llevar acabo esa tarea, disfrutó de la soledad, suspiró y se dejo llevar por el suave ronroneo de las olas.



El ruido de una rama quebrándose lo sobresaltó de golpe. De pronto se dió cuenta de que corría, esquivaba con mucha agilidad los árboles. Sintió que lo seguían por los costados; ya estaba cazado. El olor a guerra envolvía el ambiente intensamente, su corazón se aceleraba en armonía con su terror, ya no había mas camino, la calzada terminaba allí, no había donde dirigirse, estaba acorralado como una rata. Solo dos días más había rogado, solo dos días ocultándose y avanzando hacia el corazón de la selva.
Oyó los gritos de guerra de una forma escalofriante. Se envaró, rígido, atento, preparado, el puñal en su mano era ya parte de su cuerpo. Allí estaban. El hedor de los otros cuerpos era insoportable; se abalanzó sobre el oponente más próximo a su cuerpo y penetró con su hoja la carne de su enemigo entoces sintió la sangre tibia de la bestia correr por su mano.Pero eran muchos, la lucha era árdua y sintió como detrás una soga lo atrapaba.
En comparación con el lugar de donde volvía, este era el paraíso. No había pescado nada, pero eso no importaba, ese lugar era seguro, sentía que la eternidad le pertenecía por completo, la inmortalidad era un hecho para en esos momentos. Y era raro, sentía ya tan lejano el peligro en la selva, la morir era algo que llegaba a ser algo ridículo.
Dejó de intentar pescar algo, se recostó sobre la arena tibia y cerró los ojos para abandonarse a la oscuridad una sueño, no tenía miedo.
El frío ganaba lugar en su espalada desnuda. Buscó con desesperación su amuleto y cayó en cuenta que no lo tenía, se lo habían arrebatado. Estaba perdido, ninguna plegaria lo salvaría ahora de su macabro final.
Como escurriéndose por los laberintos de esas mazmorras, le traía el viento implacable los gritos de la fiesta que pedían su turno.
Sintió el grito ronco proveniente de su garganta rebotar en las paredes de piedra.
Intentó defenderse de su final inevitable con su impotencia agarrotada en los músculos. Las pisadas de alguien que venia en su búsqueda lo convulsionó como un rayo. Enroscándose, aferrándose de nada, intentó zafarse de las dos manos calientes que lo asían de los brazos. Pero no tenia la fuerza para enfrentarse a su oponente, no cedió, lo sometieron, arrastrándolo hasta la superficie, ¡lo trasladaban ¡ era su fin.

Llegó de un salto a su hogar, al desierto de agua y arena tibia, a la noche infinitamente estrellada. Se sentó, tenia incrustada en la piel la arena. Debió dormir mucho tiempo, ya era de noche. Ya no quería dormirse, la simple idea lo ponía inquieto, nervioso.
Intentó mantenerse despierto, pero el ronroneo de las olas era su canción de cuna.
Tomó su red para mantenerse despierto, pero esta no llegó al agua, se desvaneció en un vacío profundo y negro como la muerte.
Ahora , frente a un templo que sudaba sangre de sus piedras y que respiraba aliento de muerte, rugió queriendo escapar de su cuerpo por medio de la energía de su grito.
Lo doblaron en una piedra, lo sujetaron como a una bestia; el sacerdote disfrutando del placer perverso de ir saboreando de la sangre de sus victimas elevó en el aire un puñal. Cerró los ojos con toda su fuerza, intentó apagar su vida antes de sentir cualquier dolor.

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