lunes, 26 de julio de 2010

Hoy viví un momento de pasión. Ocurrió luego de terminar un cigarro clandestinamente en una ducha, se abalanzó sobre mi... y creo que los detalles están de mas, no pretendo escribir una novela erotica. Pero me llaman la atención muchas cosas de esa situación.
Tenía tanto miedo de abrir los ojos en esos momentos y ver la expreción de la otra persona. Es increible como abriendo los ojos ves y haces cosas nuevas. ¿Será esa la gracia de la adolecencia?.
No puedo asegurar de que esté enamorada. Es increible, pero estoy perdiendo fe en lo que el amor pueda llegar a significar.
Mientras otros escriben en sus blogs inspirados en el amor que sienten por alguien, yo lo hago para aclarar mediante la palabra lo que siento. ¿Por qué es tan dificil? miro con envidia a aquellos que se explayan libremente a traves de poemas.
El moteca

Buscar la posibilidad de una salida.
Tenía que hayar la manera de salir de allí, pero su cabeza era una nube, una mente confundida. Las sombras de la soledad lo envolvían tembloroso, alerta, pendiente de cada sonido que proviniese de cualquier dirección.
Una gruesa gota de agua cayó golpeando una hoja cercana a su oido; instintivamente giró la cabeza y observó como la partícula de agua se dividía y caía en distintas direcciones.
Agazapado y escondido entre aquellas matas selváticas que lo ocultaban completamente, con los cinco sentidos pendientes, llegaba hasta su persona el macabro olor a muerte que hizo que temblara y aumentara la frecuencia de sus respiraciones. Su corazón palpitante zumbándole los oídos, la respiración agitada, su mano incrustada en el puñal; recién un día de prófugo, un siglo de angustia masticando el miedo, incapaz de moverse por la tensión fundida en su cuerpo.
No era razonable pensar que pudiera permanecer así, desapercibido dos noches más, el caprichoso destino podía disponer algún hecho penosamente diferente a lo que el pudiera desear.
Por consecuencia de la fatiga física y mental, el sueño lo fue consumiendo paulatinamente pese a sus esfuerzos por mantenerse atento, despierto a cualquier ruido que advirtiera la llegada de algún cazador que pudiera darle alcance.

El sueño era tranquilizador por la quietud que tenia el lugar, el calor de la arena fina cubriendo sus pies y ese vientecito fresco que venia desde esa laguna interminable en el horizonte, le producía la agradable sensación de seguridad.
Caminó a la par con la tarde saboreando el paseo, disfrutando de la tranquilidad que le producía aquel lugar conformado por pequeñas colinas de arena suelta.

Caminó y caminó hasta llegar a la orilla de la gran laguna, tomó una red que había en el suelo y la lanzó al agua; nada salió enredado en ellas.
Dejó su faena y volvió hacia las colinas de arena. De pronto, la brisa ahora mas fuerte, desordenó su pelo y aquello tan simple y juguetón despertó en el la chispa de una alegría infantil; saltó como queriendo dejar en el aire la preocupación y volver a la tierra libre y descansado.

Pero en vez de sentir la arena tibia bajo sus pies, despertó. Abrió los ojos de golpe; se dió cuenta que era temprano, el sol recién comenzaba a nacer por el este. Intentó aferrarse casi físicamente al recuerdo del dulce sueño. Le torturaba haber despierto, nada quedó, ni siquiera la huella de la paz imaginaria. Todo lo que significara el sueño lo borró el peligro de la luz de la mañana.
De pronto, un ruido a la derecha, otro ruido a la izquierda, sutiles sonidos, rápidos, frágiles, fugáces. Fue esto un silencioso...¡corre! ¡Peligro!.
Una ola de agua tibia le golpeó en la cara haciendo que perdiera por un momento el sentido del equilibrio. Sintió el peso de algo en su hombro; era una malla vacía.
Pese al sabor salado desagradable en su boca, se sentía nuevamente tranquilo; la arena escurría por entre sus dedos, placentera. El cielo estaba despejado, a veces se dejaba interrumpir la luz para dejar pasar a una nube viajera.
Arrojó nuevamente la red al agua sin esperar que algo se enredara en ella. Era agradable llevar acabo esa tarea, disfrutó de la soledad, suspiró y se dejo llevar por el suave ronroneo de las olas.



El ruido de una rama quebrándose lo sobresaltó de golpe. De pronto se dió cuenta de que corría, esquivaba con mucha agilidad los árboles. Sintió que lo seguían por los costados; ya estaba cazado. El olor a guerra envolvía el ambiente intensamente, su corazón se aceleraba en armonía con su terror, ya no había mas camino, la calzada terminaba allí, no había donde dirigirse, estaba acorralado como una rata. Solo dos días más había rogado, solo dos días ocultándose y avanzando hacia el corazón de la selva.
Oyó los gritos de guerra de una forma escalofriante. Se envaró, rígido, atento, preparado, el puñal en su mano era ya parte de su cuerpo. Allí estaban. El hedor de los otros cuerpos era insoportable; se abalanzó sobre el oponente más próximo a su cuerpo y penetró con su hoja la carne de su enemigo entoces sintió la sangre tibia de la bestia correr por su mano.Pero eran muchos, la lucha era árdua y sintió como detrás una soga lo atrapaba.
En comparación con el lugar de donde volvía, este era el paraíso. No había pescado nada, pero eso no importaba, ese lugar era seguro, sentía que la eternidad le pertenecía por completo, la inmortalidad era un hecho para en esos momentos. Y era raro, sentía ya tan lejano el peligro en la selva, la morir era algo que llegaba a ser algo ridículo.
Dejó de intentar pescar algo, se recostó sobre la arena tibia y cerró los ojos para abandonarse a la oscuridad una sueño, no tenía miedo.
El frío ganaba lugar en su espalada desnuda. Buscó con desesperación su amuleto y cayó en cuenta que no lo tenía, se lo habían arrebatado. Estaba perdido, ninguna plegaria lo salvaría ahora de su macabro final.
Como escurriéndose por los laberintos de esas mazmorras, le traía el viento implacable los gritos de la fiesta que pedían su turno.
Sintió el grito ronco proveniente de su garganta rebotar en las paredes de piedra.
Intentó defenderse de su final inevitable con su impotencia agarrotada en los músculos. Las pisadas de alguien que venia en su búsqueda lo convulsionó como un rayo. Enroscándose, aferrándose de nada, intentó zafarse de las dos manos calientes que lo asían de los brazos. Pero no tenia la fuerza para enfrentarse a su oponente, no cedió, lo sometieron, arrastrándolo hasta la superficie, ¡lo trasladaban ¡ era su fin.

Llegó de un salto a su hogar, al desierto de agua y arena tibia, a la noche infinitamente estrellada. Se sentó, tenia incrustada en la piel la arena. Debió dormir mucho tiempo, ya era de noche. Ya no quería dormirse, la simple idea lo ponía inquieto, nervioso.
Intentó mantenerse despierto, pero el ronroneo de las olas era su canción de cuna.
Tomó su red para mantenerse despierto, pero esta no llegó al agua, se desvaneció en un vacío profundo y negro como la muerte.
Ahora , frente a un templo que sudaba sangre de sus piedras y que respiraba aliento de muerte, rugió queriendo escapar de su cuerpo por medio de la energía de su grito.
Lo doblaron en una piedra, lo sujetaron como a una bestia; el sacerdote disfrutando del placer perverso de ir saboreando de la sangre de sus victimas elevó en el aire un puñal. Cerró los ojos con toda su fuerza, intentó apagar su vida antes de sentir cualquier dolor.
Mientras agonizaba con un puñal internado en lo mas doloroso de su carne, dejabase conducir por un laberinto de emociones, susto, incredulidad, dolor.
En aquellos momentos tan únicos por ser los últimos, se daba cuenta de lo poco que había sentido correr al tiempo; el reloj de su estudio abría dado mil giros vagabundos, el sol pudo haber descubierto mil lugares con su luz, pero el no habría dado cuenta de aquellas cosas. Ahora sabía que moriría, ningún sermón de iglesia lo salvaría ahora, el fin estaba a cada segundo más próximo, la sangre no dejaba de emanar de su vientre, corría como un arroyo en invierno, imparable. Jamás imagino que su sangre seria la que tiñera de rojo las nubes del ocaso para internarlo en una eterna noche de luna nueva.
En esos momento recordaba haber disfrutado del placer casi perverso de ir desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el verde terciopelo del alto respaldo, de los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra por palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero el rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de un encuentro fugaz. Un encuentro colmado de convincentes caricias y besos apasionados, que llenaran las tardes haciéndolas cortas, fugaces.
El cruel tiempo que se volvía desesperadamente flemático en su carrera justo en las horas que separaban una tarde de otra, los convirtió en seres completamente hambrientos de una libertad prohibida.
El amor profundo, tan sólido, los mantenía unidos en un lazo casi inquebrantable; un amor que tomaba tantas formas, respeto, obsesión, sentido de pertenencia. Fueron los factores universales para tomar una determinación que marcaría un nuevo comienzo.
La emoción crecía a cada segundo en su pecho destruyendo sus nervios sus nervios de acero, una emoción que lo complicaba todo, ya que necesitaría de toda su serenidad para ser convincente.
. Los perros no debían ladrar y no ladraron. el mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entro. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada en lo alto dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La luz de lo ventanales, el alto respaldo de un sillón de un verde terciopelo, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
Hicieron las operaciones necesarias para poder obtener un producto perfecto y prevenir la llegada de algún tropiezo que pudiera poner marcha atrás al plan.
Planearon todo en una calida tarde, arreglaron todo mentalmente, cada paso, cada palabra, nada había sido olvidado, ni siquiera lo desconocido. Las dudas no ocupaban ningún lugar en sus sentidos de supervivencia, el cuerpo del otro era un lugar donde podrían estar a salvo de cualquier esencia maligna.
El viento rugía furioso haciendo rogar a las copas de los árboles por un poco de misericordia. La escalofriante discusión del viento con el bosque, sonaba como la advertencia de mal agüero a los hechos que vendrían a acontecer. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía a penas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta el se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa.
Caminó por la senda, ahora mas seguro, casi sin emociones perturbadoras que lo pudiesen hacer tropezar en su misión. Abrió rápidamente la verja que comunicaba la alameda con el jardín frontal da la casa y penetró en ella. Cada pié que ponía en el suelo de esa casa estaba predispuesto. Actuaba casi como una maquina, no por iniciativa propia, guardaría eso para después. Mientras sigilosamente se acercaba al hombre arrellanado en su sillón, repasaba mentalmente los momentos vividos en la cabaña del monte, el desarrollo de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y bajo latía la libertad agazapada. Un dialogo anhelante recorría por las paginas como un arrollo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo de la amante como queriendo retenerlo, disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles percances a partir de ese momento cada palabra cobraría una reacción y debía ser en extremo cuidadoso si quería conseguir lo que su corazón a gritos pedía, la mano en matrimonio de su amada, un compromiso abierto, sincero. Pero todo estaba en contra de ellos, ¿el destino?, ¿la sociedad?, ¿El prejuicio?, no era solo eso, eran todos los terrenos del infierno en contra de ellos, los efectos del infierno sobre la sociedad, la mala suerte influenciando sobre el destino. Pero el futuro es el ahora, así lo entendieron los dos amantes, los amantes poco valerosos no llegan a la historia sobresaliente, se quedan en la mediocridad del olvido.
Había empezado a leer la novela hace unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. esa tarde después de escribir una carta a su apoderado y de discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad de su estudio que miraba hacia el parque de los robles arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejo que su mano acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo gano casi en seguida.
Pero algo lo interrumpió, irritado por esta inoportuna molestia giro su silla para despedir al intruso. Fue una gran sorpresa encontrar al mozalbete que quería pretender a su hija plantado frente a el con el semblante determinado. Escuchó todo lo que tenia que decir el jovencillo, pero eran palabras dirigidas al viento, él no escuchaba razones por el cual debiera dar la mano de su hija a un peón sin futuro como ese; dio de esa forma su cruel y rotunda negación. Tuvo que observar como el semblante de su interlocutor viajaba del dolor a la ira, y se acercaba a el con un puñal en la mano.